Suena chocante ¿verdad?. A mí también me lo pareció. Sin embargo lo descubrí después de un día agotador.

Me levanté como de costumbre a las 7 de la mañana y después de un par de horas, salí de casa para adentrarme en la frenética actividad del mundo exterior.

Cualquier proceso de coaching tiene un inicio. Todo se coge con interés, ilusión, expectación y algo de incertidumbre; como comienza cualquier día. Y como parte del mismo, la persona se marca unos objetivos a cumplir, más bien, a largo plazo; que requieren de acciones a corto plazo. Igual que en el día a día.

Nos llenamos de acciones durante el día: llamadas telefónicas para iniciar proyectos, concretar reuniones, mantener las relaciones personales, sociales, familiares, etc. Algunas, están bajo nuestro pleno control por ser quienes las iniciamos; pero existen otras, que surgen sin preverlas, al ser el resultado de las conexiones e interrelaciones con los demás. Aquí nos topamos con el terreno de  la incertidumbre, un espacio donde van cayendo los frutos de nuestras acciones y no acciones y… a veces,  nos desesperamos.

Nuestra intolerancia a la incertidumbre hace que, en determinados momentos nos desconectemos de nuestro centro, nuestro rumbo, cuerpo, emoción, energía y entremos en una espiral de reacciones que hacen que nos sintamos más y más cansados, inquietos, nerviosos, alterados y en definitiva desconectados.

¿Para qué sirve esa desconexión?

Somos humanos y lo que nos ocurre es, perfectamente, normal. Personalmente creo que, es un proceso imprescindible para que evolucionemos como seres humanos.

En esos momentos de incertidumbre, hemos perdido el control y tal vez, no toleramos haberlo perdido y encima estamos solos en la linea de “combate“. Pero no solos ante el peligro externo, sino solos ante nuestros propios límites y también, nuestras fortalezas. 

Time

Tú controlas únicamente la acción, Nunca sus frutos, No vivas por los frutos de la acción, Ni te apegues a la inacción. Bhagavad Gita

Nos hemos desconectado internamente. Y lo curioso, es que los elementos que han participado en ti, en ese momento, son distintos a los de cualquier otra persona; aún en tu misma situación. La situación que lo ha provocado,  la energía que te ha removido, la emoción que ha salido de ti, el pensamiento que inundó  tu mente, el sentimiento que te removió de placer o dolor las entrañas, la genética que te acompaña siempre, las ilusiones que vas forjando a lo largo de los días, los deseos que imaginas, los anhelos que sueñas… todo lo que te ha llevado a esa desconexión es personal e intransferible a la vez que profundo,  íntimo y demasiado valioso, como para no dedicarle tiempo.  Tiempo que, en momentos así, necesitas y a veces, no nos lo damos. Como paradoja eso emerge a la superficie para que tus ojos lo vean y tu cuerpo lo sienta, tomes conciencia y actúes.

La inquietud, el nerviosismo,  la voz temblorosa, tímida o demasiado chillona, las manos sudorosas y lentas o frías y rápidas, un lenguaje demasiado directo o tal vez ambiguo o poco claro, un caminar lento o muy rápido, la acentuación de un “tic”, una conversación  atropellada, una risa nerviosa o la simple ausencia de ella, el mal humor… etc, etc son todo signos externos de tu voz interna.

La toma de conciencia de esa desconexión ( crisis “tolerable o intolerable”) es muy fructífera y útil cuando tienes la oportunidad de que alguien, haga preguntas poderosas que, te permitan encontrar por ti mism@  las claves para ganar tolerancia a tus propios estados cambiantes, confianza para aceptar el aprendizaje que recibes y autonomía para elegir la próxima vez que te ocurra algo así; tomar el control, de tu acción o de tu no acción.

Estoy segura, que cuando termina nuestro día en el exterior y nos sentimos agotados llegamos a casa, tanto si vivimos solos o en familia, con la necesidad de reservarnos una dosis extra de energía y positivismo ” nuestros seres queridos; aquellos con quienes decidimos vivir y convivir, nuestros hijos, compañer@s de vida… merecen que les llevemos lo mejor de nosotros mismos. ¿Verdad?