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Comunicación Efectiva

Cómo desparasitarnos de lo que enturbia la comunicación

Cuando nos comunicamos lo hacemos desde las imágenes que tenemos en nuestro espacio mental (Cabeza) que convertimos en palabras. Nuestra  “cabeza” ha sido la más beneficiada de lo esencial de toda la educación recibida. Hemos “musculado” “disciplinado” y “afinado” ese espacio para que sea eficaz, productivo y rápido. PERO…. qué ha ocurrido con nuestro corazón, nuestra vida afectiva y nuestra vida interior ¿Han recibido la misma atención?

Nuestra comprensión intelectual, en muchos casos es “bárbara” (expresión argentina que me encanta y significa asombrosamente bien); en cambio nuestra comprensión emocional ha sido poco o nada alentada; y aún más… en ocasiones, abiertamente desalentada.

Reconocer, empatizar, aceptar y vivir nuestras emociones es mucho más importante que gestionarlas, anular aquellas que no queremos o nos disgustan, negarlas u obviarlas. Darnos cuenta de porqué y para qué aparecen nos permitirá aceptarlas como parte de nuestra naturaleza humana, ya que ellas son y seguirán siendo energía pura en movimiento que necesitamos SI o SI para sobrevivir.

Por ejemplo: la tristeza nos lleva a una interiorización que nos invita a reflexionar y buscar qué nos está ocurriendo y cómo queremos cambiarlo. La rabia o enojo nos hace darnos cuenta de lo que nos molesta, de lo que nos impide avanzar y nos invita a enfrenarnos y luchar contra ello. El miedo que tantos libros ha llenado; nos puede paralizar para indicarnos la necesidad de prestar atención al peligro que nos amenaza invitándonos a hacer algo con ello.

Aunque nuestro mayor problema; no es experimentar las emociones de acuerdo o nó a las circunstancias, ni quedarnos estancados en alguna de ellas como forma de supervivencia esclavizándonos; eso ya lo hacemos muy bien porque aún seguimos en nuestro espacio mental. Lo que nos falta es un vocabulario más preciso para expresar nuestra vida interior.

Desde pequeños y generación tras generación, hemos aprendido muchas palabras: podemos hablar de cómo se desarrolla un enunciado en matemáticas, discurrir una ley física, explicar qué le ocurre a nuestro cuerpo con determinadas sustancias químicas, qué técnica deportiva es más eficaz…etc; pero, ¿ A qué edad hemos aprendido palabras que describan nuestra vida interior?

Al crecer nos hemos ido separando de nuestros sentimientos y necesidades para estar a la escucha de los de nuestros padres, educadores, hermanos, tíos, primos, vecinos, amigos… etcétera. Por tanto, no hemos podido aprender a describir con precisión lo que sentimos y menos aún cuales son nuestras necesidades y mucho menos comprender el enorme poder que poseemos para satisfacerlas por nosotros mismos.

En un esfuerzo, como seres humanos, por sobrevivir en todas las áreas en las que nos desarrollamos (relaciones, familia, casa, profesión, imagen, salud, dinero,…) hemos puesto en último lugar la más vital, y la que en el fondo más anhelamos : sobrevivir en uno mismo. Lo curioso del tema es que cuanto más sobrevivimos con nosotros mismos, más y más felices nos sentimos. O lo inverso. Cuanto más sucumbimos, es decir, cuando no logramos alcanzar lo que deseamos en cada una de esas áreas, más nos vamos muriendo internamente, perdiendo energía vital: alegría de vivir, ganas de luchar, esperanzas, anhelos…. Cuanto más integrados nos sintamos; cuanto más vayamos al encuentro de nuestros sentimientos y nuestras necesidades; cuanta más atención y unión realicemos de ese espacio mental con nuestro corazón, prestando atención a nuestra vida afectiva y nuestra vida interior; más nos anclaremos sólidamente en nosotros mismos.

Un anclaje que nos permitirá ver el mundo y vivir en él bajo una escala emocional consciente y con un lenguaje emocional totalmente responsable. Un lenguaje que necesitamos aprender. Un lenguaje compasivo que nace desde el corazón y no desde la cabeza. Un lenguaje que observa sin evaluar, ni juzgar, ni criticar. Un lenguaje que acepta lo que siente y se responsabiliza de lo que necesita. Un lenguaje que pide en lugar de exigir. Un Nuevo Lenguaje de Vida*. 

Personalmente, desde que descubrí el proceso que Marshall B. Rosenberg * puso a punto en el espíritu y la línea de pensamiento de los trabajos de Carl Rogers, quiero testimoniar mi confianza en que si cada uno de nosotros fuéramos interiormente más conscientes de lo que verdaderamente vivimos, encontraríamos con más facilidad formas creativas para expresar nuestras emociones y fuerza sin agredirnos a nosotros mismos y por ende al otro.

Cada persona tiene la capacidad de comunicarse y crear relaciones humanas más satisfactorias y auténticas ( con nuestros hijos, parejas, familia, amigos, etcétera ) para hacernos más libres y responsables de nuestra propia felicidad. Marshall B. Rosenberg llama a este proceso “Comunicación No Violenta (CNV)”, yo hablo de ella como comunicación con coraje por el significado de “echar el corazón por delante” y también porque “el corage medieval” era el centro de la vida interior, donde se ubicaban sentimientos, pensamientos y voluntad.

Y para desparasitarnos de todo lo que enturbia la comunicación y genera violencia cotidiana; ¿qué tal practicar un poco nuestra conciencia y lenguaje emocional con la CNV?.

*Marshall B. Rosenmber, doctor en psicología clínica, un hombre de paz reconocido en todo el mundo y fundador del Centro para La Comunicación No Violenta. Recomiendo con gran entusiasmo la lectura de su libro Nonviolent Communication. A language of Compassion. Traducido al castellano con el título de Comunicación No violenta. Un nuevo lenguaje de vida.